Confrontación de la carga, prenda, patios y almacenes

aduanas

Hasta muy avanzado el siglo XX, nuestras aduanas confrontaba la carga, es decir, cotejaban las mercancías que se descargaban de los vehículos porteadores con el manifiesto de carga (sobordo), previamente entregado a la oficina aduanera por el representante del vehículo.

Por una de esa decisiones sin padre de que está llena nuestra historia, la confrontación de la carga fue eliminada y, en lo sucesivo, la aduana tomaba conocimiento de las mercancías llegadas al territorio por información que le suministraban terceros, sin que mediara la lógica y necesaria verificación.

Por esa omisión, el servicio aduanero no interviene realmente en la entrada y salida de mercancías objeto de comercio internacional; por el contrario, ha sido relegado al anodino papel de verificador de declaraciones y recaudador de tributos, desatendiendo su obligación fundamental: controlar.

En la década que se inició en 1970, cuando decenas de buques pasaban días fondeados a la espera de entrar a puerto y que fue necesario desviar buques para aliviar nuestros principales puertos, la confrontación de la carga se realizaba con gran eficacia. En la operación tripartita intervenían la naviera representante del vehículo, el servicio portuario responsable de la carga o descarga y la aduana como representante del Estado y encargada de recibir las mercancías importadas, o entregar formalmente las que se habían de exportar. Así, cada una de las partes velaba por sus intereses y estaba atenta a la delimitación de sus responsabilidades. La responsabilidad del porteador concluía cuando el cargamento era puesto a la orden del portuario; la de éste cuando la mercancía era colocada en el patio o almacén previamente acordado; de ahí en adelante, era la aduana la responsable de todo cuanto sucediera hasta la entrega al consignatario aceptante o al vehículo que se encargaría de trasladarlos al exterior. (Esto puede cambiar, pero lo más importante es que hayan vacíos de responsabilidad con respecto al cargamento).

Es apropiado decir que la potestad de la aduana sobre las mercancías objeto de comercio internacional se inicia apenas el vehículo porteador ingresa al espacio marítimo, aéreo o terrestre sobre los cuales el Estado ejerce soberanía. La primera expresión de esta potestad se expresa en la obligación de que la nave o aeronave se dirija de forma inmediata a un lugar habilitado, es decir, a una aduana habilitada para realizar la operación de que se trate.

La aduana tiene el deber primigenio de conocer la cantidad, calidad y demás características de los bienes que debe controlar. La absurdidad de nuestras aduanas tiene su expresión primaria en la forma en que toman conocimiento de las mercancías que ingresan o salen del territorio nacional: por la información que le suministran terceros, muchas veces interesados en las resultas de la operación aduanera. Así pues, la recuperación del servicio debe comenzar por reinstaurar la confrontación de la carga, pero haciendo uso de los medios que nos ofrece la tecnología.

La información que se produce durante la confrontación de la carga es la fuente originaria de toda la que se ha de manejar a lo largo del proceso de importación, tránsito aduanero o exportación.

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