Delitos aduaneros

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Desde que Caín estrelló la quijada de burro contra la humanidad de su hermano Abel, el hombre no ha dejado de delinquir, de tal manera que el delito se modifica pero no desaparece, toma nuevas formas y expresiones pero no se ausenta; muta, se extiende y persiste.

No es distinto a eso lo que ocurre en los servicios aduaneros de cualquier parte del mundo. Del contrabando azaroso y hasta violento de hace un siglo y más, hemos ido derivando hacia formas más sofisticadas de evitar la aduana. Antes se esquivaba su intervención introduciendo los alijos por lugares despoblados y bajo la protección de la noche; actualmente, los actos delictivos se cometen en las zonas primarias aduaneras con o sin anuencia de los funcionarios y, en algunos casos, en sociedad con ellos.

Pero mientras esto ocurre y el delito se sofistica y se torna más dañino, los órganos del Estado que deben legislar para adecuarse a las variaciones impuestas por los tiempos se muestran aletargados, repitiendo el ritornelo: “contravención, defraudación y contrabando”, sordos y ciegos ante conductas delictivas que exigen una pronta respuesta legislativa, una acción contundente que facilite la actuación de los jueces y tienda lazos con el derecho penal, sin que ello signifique renuncia a la especificidad del derecho aduanero.

El menos avezado lector entenderá al rompe que la conducta que la ley califica como contrabando encuadra dentro del verbo rector evadir, pues quien contrabandea evade la intervención de la oficina aduanera, rehúye la ingerencia de las autoridades para incumplir, generalmente, restricciones o dejar de pagar tributos con ocasión de la entrada y salida de bienes del territorio nacional. Pero quien forja, falsifica o altera un documento puede conseguir los mismos beneficios indebidos que el contrabandista, pero no por ello incurre en evasión, pues presenta ante la aduana la mercancía que pretende introducir o extraer, las somete a reconocimiento, aun con ardides para lograr un trato preferente en cuanto al régimen aduanero o tributario aplicable.

En los casos de fraude el verbo rector es engañar, no evadir. Quien evade no engaña, pues no tiene necesidad de ello; simplemente, actúa de tal manera que impide que la aduana tenga conocimiento de la introducción de la extracción del alijo, sustrayéndose, en bloque, de todas las obligaciones que el Estado impone a este tipo de acto.

Es menester que el Código Orgánico Aduanero que algún día será promulgado, cree una figura delictiva aduanera ajena e independiente del contrabando: el fraude aduanero. Con los ajustes que imponga el carácter aduanero de este delito, el legislador deberá tomar en cuenta la inducción que hace el defraudador a tener por cierto lo que no es, la idoneidad de los medios empleados para lograr su propósito, el perjuicio inferido a la víctima y el beneficio que la acción ilegal le procura. El codificador deberá evitar a todo evento incurrir en las contradicciones que sin mayor esfuerzo encontramos en los artículos 2 y 3 de la Ley Sobre el Delito de Contrabando. No debe el codificador, por el atajo de las presunciones absurdas, sacar consecuencias de un hecho conocido para establecer un absurdo. Las presunciones sólo operan jurídicamente ante un hecho conocido y otro desconocido. Ante dos hechos conocidos, nunca podrá operar presunción legal o judicial; intentar presumir en tales condiciones, es una afrenta a la juridicidad y una mueca a la justicia.

Autor: Carlos Asuaje Sequera
Enero 2007/Boletín Aduanero N° 36