El Fraude en Aduanas

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Con la maestría propia de las normas cuyo origen se pierde en la largura de su historia, el artículo 464 de nuestro Código Penal define el fraude en los siguientes términos: «El que, con artificios o medios capaces de engañar o sorprender la buena fe de otro, induciéndole en error, procure para si o para otro un provecho injusto con perjuicio ajeno, será penado …» De manera similar se pronuncia el Código Penal italiano: «El que con artificios o embustes, induciendo a alguien en error, procura a sí mismo o a otro un provecho injusto con daño ajeno, será castigado…»

En ambos artículos, casi idénticos, dada la marcada influencia italiana en nuestros textos penales, nos encontramos con los dos elementos esenciales de la estafa como delito contra el patrimonio: el engaño y el daño. A decir de los expertos, el engaño está integrado por un elemento subjetivo (maniobras fraudulentas empleadas por el criminal) y otro objetivo: el error, el cual no es más que el efecto del engaño y el cual produce la disposición patrimonial de la víctima.

Según Conrado Finzi, para integrar este delito se exige el empleo de artificios o embustes y que éstos sean suficientemente idóneos para engañar; así no basta un artificio infantil o una mentira blanca utilizados por el actor; es menester que uno u otro sean capaces de inducir error a la víctima de tal manera que actúe en su propio perjuicio sin que medie violencia o amenaza. No puede ser de otra manera, pues «la relación causal entre el error y la disposición patrimonial es característica de la estafa; en ésta hay consentimiento y voluntad, pero están invalidados; en casos en que esto no sucede, otro es el delito».

Realizadas estas consideraciones como exordio al tema principal, debemos referirnos a los numerales 5 al 9 (ambos inclusive) del artículo 4° de la Ley sobre el Delito de Contrabando. Todos y cada uno de ellos hablan de artificios dirigidos a engañar y producir, mediante el error inducido, una conducta administrativa contraria a los intereses y valores que le corresponde a las aduanas tutelar.

Como es de fácil observación, el verbo rector del tipo penal señalado en el artículo 2 de la Ley sobre el Delito de Contrabando es «eludir» o, en otros términos, el núcleo esencial de la conducta que se castiga es «eludir», mientras que en los numerales 5 al 9 a los cuales hemos hecho referencia, los verbos rectores son «adulterar», «falsear», «forjar»; por tanto, si diferentes son los verbos rectores del artículo 2 y de los referidos literales, no es lógico englobarlos como un solo delito, pues son notorias las diferencias y ninguna las semejanzas.

Quien defrauda engaña, pero no elude; vicia o pretende viciar la voluntad de la aduana para procurarse un beneficio impropio o eximirse del cumplimiento de una obligación, pero somete a la revisión del órgano administrativo tanto mercancías como documentos.

Por razones lógicas, jurídicas y técnicas el fraude en aduanas debe ser tratado como un delito autónomo, distinto a toda consideración de contrabando; lo otro es tratar de igualar forzadamente lo que es distinto y, por ende, agredir la juridicidad que debe informar a todas las layes de la República.

Autor: Carlos Asuaje Sequera
Julio 2006/Boletín Aduanero N° 29