La corrupción

aduanas

“La clemencia con el malvado es un castigo del bueno; y si es una virtud la indulgencia, lo es, ciertamente, cuando es ejercida por un particular, pero no por un Gobierno, porque los malvados no tienen honor ni gratitud y no saben agradecer, sino temer”.
Simón Bolívar

La corrupción en las aduanas venezolanas parece estar llegando a niveles nunca antes alcanzados, ante la mirada distraída, por no decir cómplice, de quienes están llamados a impedirla y castigarla.

Las causas de esta endemia son las mismas de siempre: uso de los cargos del servicio para pagar favores y premiar lealtades, impunidad de los delitos, inexistencia de defensores de los usuarios del servicio, desmoralización generalizada y temor de las víctimas a denunciar al victimario por miedo a las consabidas represalias.

Las aduanas tienen unos fines que cumplir, pues muy al contrario de lo que parece a los ojos del vulgo, no existen para causar gastos y generar molestias; por el contrario, en su gestión están involucrados asuntos del más alto interés nacional, como son la paz pública y la seguridad del Estado, la protección de la moral, el resguardo de salud humana y animal, la protección industrial y la preservación de las fuentes de trabajo, el resguardo de la propiedad intelectual y el control de plagas foráneas capaces de dañar la producción agrícola.

Al pasar revista a tan elevados propósitos, nos resulta cuesta arriba entender la manera irresponsable como se han manejado las aduanas en el último medio siglo, pues haciendo excepción de dos o tres breves periodos, el resto ha sido mácula en la historia republicana, motivo de desazón y de vergüenza para los que creemos que los males que aquejan a la patria tienen su punto de partida y principal sostén en la admisión de que la corrupción es un mal menor que sólo puede causar daños de menor cuantía. ¡Craso error!

Este flagelo moral y social lo distorsiona todo, cambiando la dirección que debe seguir el Estado en su obligación de procurar el bien común. Así, nos encontramos con unas aduanas donde se transa todo, desde el ingreso como equipaje de una maleta repleta de ropa nueva, hasta decenas de furgones atestados de línea blanca, pirotécnicos prohibidos o mercancías sometidas a restricciones arancelarias.

Envalentonados por la impunidad, los corruptos se hacen cada día más agresivos y audaces. Baste citar como ejemplo el caso de los tránsitos internacionales desde y hacia Colombia que dio motivo a nuestro Boletín Extraordinario N° 3. A pesar de que el asunto es de conocimiento público y de que los recurrentes tienen derecho a una justicia gratuita, accesible, imparcial, transparente, equitativa y expedita, así como a obtener oportuna y adecuada respuesta, según lo consagra el artículo 51 de la Constitución, lo que en realidad reciben es silencio administrativo por parte de la Gerencia y peticiones «non santas» por otra, sin que se active el dispositivo penal establecido en dicho artículo.

La experiencia nos indica que los forajidos no tienen partido ni bandera. Se cobijan a la sombra del poderoso con afán parasitario, aportando sólo adulancia y sumisión, mientras dure el poder. ¡Ni un minuto más!

Autor: Carlos Asuaje Sequera
Mayo 2008/Boletín Aduanero N° 41