Pillos y pillerías

aduanas

Dentro de las aduanas de este este y de otros países siempre han medrado delincuentes de toda laya: desde el que aterra a un pasajero mediante infracciones fabuladas para arrancarle una habilitación, hasta el que valida un cargamento repleto de cocaína para abandonar por siempre los tristes predios de la pobreza.

La situación de las aduanas no es el producto de fortuitas torceduras de la Providencia. Empezando por la irresponsabilidad de los poderosos que las han convertido en comederos donde sus amigos sacian su hambre de riquezas; siguiendo con la impunidad asegurada por un sistema de vindicta pública que no funciona más que para perseguir a los “robagallinas”, a los famélicos, a los huérfanos de fortuna y de padrinos y, lo que es más grave, impulsada por el la mudez de la ciudadanía que una vez hiciera exclamar a Martin Luther King: “Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos.”

En virtud de los vicios comentados, en todas nuestras aduanas se cuecen habas, pero si nos correspondiera nombrar una que destaque por sus tropelías, escogeríamos Aduana Subalterna del Terminal de Pasajeros del Aeropuerto Internacional de Maiquetía, creada mediante Decreto N° 3.979 de fecha 10 de octubre de 2005. Allí suceden los hechos más insólitos y los abusos más descarados en un ambiente propio de un mercado persa; es fácil ver funcionarios recibiendo dinero a la vista de todos, arrancado a los pasajeros mediante un proceso de amedrentamiento montado sobre supuestas infracciones que –según les dicen– los pueden llevar a perder tanto el equipaje como la libertad.

Para no entrar en detalles de las actividades delictivas que en esa Aduana subalterna acontecen, pues nos resultan repulsivos y dolorosos, vamos a narrar sólo uno que la retrata de cuerpo entero: a una joven, después de retenerle su pasaporte durante horas, la amenazaron, entre otras cosas, con emitirle una planilla de liquidación por los zapatos que llevaba en sus pies porque “se veían nuevos”. Después de esto: ¡El diluvio!

Las autoridades superiores del SENIAT no deben hacerse las inocentes ante este estado de cosas, so pena de quedar bajo sospechas de complicidad. Es imperativo modificar esta nauseabunda realidad, para lo cual sugerimos, a título de simple colaboración:

1) Instalar un circuito cerrado de televisión que cubra todos los espacios donde se mueven los pasajeros;

2) Entregar a cada viajero un instructivo donde se señalen sus derechos y deberes aduaneros;

3) Instalar allí una guardia permanente de funcionarios de la Defensoría del Pueblo o de la Fiscalía General de la República;

4) Establecer en el contrato de trabajo de los funcionarios de aduana su consentimiento a someterse anualmente a una prueba con el polígrafo (detector de mentiras) y a aceptar sin protesto sus resultados.

Estas propuestas pueden ser ampliadas, mejoradas o sustituidas, pero lo imperdonable sería que no se haga nada o, lo que es igual, se tomen medidas altisonantes que, produciendo la falsa sensación de cambio, permitan que todo siga igual.

Autor: Carlos Asuaje Sequera
Octubre 2010/Boletín Aduanero N° 52